EL DURMIENTE




Publicado en Marzo de 2012 

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Reseña: A través del tiempo, diversos personajes como Juliano o Felipe II han buscado las claves que les permitirían hallar los vestigios de un mundo olvidado. Esas claves guardan el secreto de una ciencia desconocida, que puede convertir a su poseedor en el Señor del Mundo. En el presente, el arqueólogo Javier Bost las descubre. El hallazgo de unos extraños restos en una cueva de los Pirineos y del libro perdido de Platón, Critias, le proporcionaran las pistas necesarias para encontrar los enclaves de la Atlántida. Pero poco a poco, lo que empieza como una aventura arqueológica llena de esoterismo, se convertirá en una historia de terror al despertar el lado más oscuro de la civilización atlante.


Fragmento:
Atenas, 347 a.C.
La sombra de una figura se recortaba en la sala arrastrándose con lentitud, apoyando su vejez en los escasos muebles de la Academia. Tanteando en la oscuridad, no tanto por la falta de luz sino por la deficiente y desgastada vista, se dirigía hacia la mesa donde plasmaba en letras, palabras y frases su complejo mundo de ideas.
Los recuerdos le pesaban más que los años. Como le sucediera a su amado Sócrates, cada vez con mayor frecuencia se encontraba en un lugar desconocido sin saber cómo había llegado hasta allí. Entonces le inundaba una profunda nostalgia. Evocaba a su maestro, «la conciencia de Atenas», deteniéndose de improviso en cualquier lugar, preso de una inquietud intelectual, y permaneciendo inmóvil hasta dilucidar una solución lógica. Ahora a él le sucedía lo mismo, pero por desaciertos en la memoria.
De repente comprendió por qué se encontraba en el escritorio. Deseaba redactar una carta a su discípulo Krantor. Sentía muy cerca la impaciente presencia de la Moira, y temía morir sin trasmitir a alguien digno de confianza el secreto que había guardado durante tantos años. Armándose de valor, tomó una pluma, la empapó en tinta y, con un ligero temblor en su huesuda mano, empezó a trazar sinuosas líneas en caracteres casi indescifrables.
Platón a Krantor. Mucho éxito:
Querido discípulo, espero que los dioses te sean benignos, como también espero sepas disculpar a este pobre viejo, que ha decidido ponerse en contacto contigo a través de estas torpes palabras. Conoces mi situación: a causa de mi edad no tengo ya la fuerza física suficiente para emprender las aventuras y afrontar los peligros que uno encuentra por tierra y por mar, ya que actualmente los viajes están repletos de riesgos. Sé que podrás disculparme, pues eres un hombre justo, y sé también que sabrás entrever lo que no se dice en estas hojas que te entrego, pues he de hablarte por medio de enigmas a fin de que, si a esta carta le ocurriese cualquier imprevisto, nadie sin el debido conocimiento pudiera comprenderla.
Ambos sabemos que hay cosas que no se deben decir, y otras sólo en voz baja. Por esta razón todo hombre precavido se guardará mucho de tratar por escrito cuestiones serias, y de entregar así sus pensamientos a la envidia y a la falta de inteligencia de la multitud. Sin embargo, esta vez debo arriesgarme, pues veo cerca el día de mi muerte.
Ya ha pasado el tiempo de sentir miedo; es más, ha llegado el momento de decidirse, y si es necesario, de sufrir la crítica y el infortunio, pues al que aspira al bien supremo para sí mismo y la humanidad nada puede ocurrirle que no sea justo y bello. Mi vejez debería llevarme a mirar sobre todo del lado de la vida futura y de la pura ciencia de las ideas. Por eso pido que me disculpes, tú, a quien tantas veces he descrito el mundo arquetípico, por tener que recordarte la experiencia de la vida presente, de la que, sin embargo, habrás de hacer caso. Las sombras, pese a ser sombras, existen, y tienen su función ideada por el Demiurgo.
Noto cómo mi alma se prepara para abandonar este cuerpo marchito. Ya no temo ser acusado, como mi maestro y amigo, de impiedad o de corromper a la juventud; de lo contrario tú eres testigo. Ya no me atormenta que, como a él, me obliguen a beber la cicuta, o como a otros hombres ilustres, dignos representantes de la estirpe helena, que me desacrediten o intenten destruir mi obra.
Aún lloran los hombres de bien el cruel castigo infligido al preferido de las Musas, Esquilo, al que obligaron a quemar su obra, la trilogía de Prometeo, porque pensaban que revelaba conocimientos prohibidos. Pero hay que ir con mucho cuidado al hablar de estas cosas, pues si la exposición fuera defectuosa, yo sufriría por ello más que nadie; temo más exponer a la mirada del vulgo una enseñanza imperfecta, que exponer una prohibida.
Sin embargo, si yo hubiera creído que era posible escribir y formular estos problemas para el pueblo de una manera satisfactoria, mi querido Krantor, ¿qué otra cosa más bella habría podido realizar en mi vi da? ¿Qué puede ser más meritorio que manifestar una doctrina tan saludable para los hombres y hacer llegar a todos la verdadera naturaleza de las cosas?
Ahora bien, yo no creo que el razonar sobre esto sea, como se dice, un bien para la mayoría, excepción hecha de una selección a la que bastan unas indicaciones para descubrir por sí mismos la verdad. Más bien puede ser una maldición acceder a conocimientos para los que no se está preparado. Por suerte, tú perteneces al selecto grupo de los primeros, Krantor. Dejemos aquí un momento este asunto.
El anciano suspiró. Su mente se detuvo y con ella el tiempo. Así permaneció unos instantes, esperando que el lento pero rítmico golpeteo del corazón le permitiera ordenar sus ideas. Los ojos cansados recorrieron la estancia envuelta en tinieblas, deteniéndose en las sillas de sus alumnos, en el modelo mecánico que representaba el sistema solar, y en los diversos mapas colgados de las paredes, dibujados por eminentes geógrafos discípulos suyos. Los mapas y el globo terrestre le recordaron el mensaje que necesitaba transmitir a su discípulo.
Llevado por los desvaríos de un viejo, querido Krantor, aún no te he comunicado mi actual preocupación. Es posible que lo que tengo que transmitirte pueda ser peligroso en malas manos. Tú sabes de mis viajes después de que hicieran beber la cicuta a mi maestro. Fui primero a Megara, con otros amigos de Sócrates que temían ser perseguidos, después a Cirene, y luego a la Magna Grecia. Conseguí ser admitido unos meses en una escuela pitagórica y, algo más tarde, en los templos egipcios, para alcanzar con humildad los Misterios.
En aquella tierra donde todo es enigma, donde el recuerdo del pasado más remoto abarca milenios; en aquel país sacro bendecido por los dioses y en el que todavía habitan dentro de los santuarios de sus templos, tuve el honor de enfrentarme apruebas cuyo recuerdo hace temblar mi mano y erizarse los pelos de mi nuca. Allí, bajo las sombras de los propileos, mi alma se serenó, y el fluir del Nilo y de las Horas calmó mi ímpetu juvenil.
Pocos saben que ilustres sabios admirados en Grecia extrajeron sus conocimientos de la sabiduría milenaria egipcia, y que algunos divulgaron irresponsablemente lo aprendido; y menos son los que han descubierto que sus fortuitas muertes no fueron debidas a causas naturales. Revelar los Misterios tiene un alto precio, y no es conveniente hablar de ellos más de la cuenta. Los Misterios sólo se pueden alcanzar individualmente, ofreciendo la misma vida a cambio. El precio de traicionarlos siempre es la muerte y el olvido.
Por lo que a mí respecta, lo que aprendí allí nunca lo he transmitido directamente. Inquebrantablemente he adaptado el conocimiento sin mancillarlo, exponiéndolo como mitos, leyendas o metáforas. Mi sueño siempre fue escribir una obra en la que exponer las enseñanzas aprendidas de los hierofantes egipcios, pero me he reprimido por respeto al solemne juramento al que me comprometí.
Aunque no siempre. Hace años escribí un diálogo, llevado por la pasión, que al concluir tuve que esconder, pues dije más de lo debido; lo velé como un conocimiento heredado, en parte de mi abuelo Solón y en parte por unos manuscritos órficos y pitagóricos que descubrí, en los que gasté más de cien minas. Nunca tuve el suficiente valor para hacerlo público, ni para destruirlo.
Esta es la auténtica razón por la que te escribo, querido mío, pues ese diálogo te espera aquí para que lo recojas, lo guardes y procures que no se pierda. Yo pronto moriré, y mi alma cruzará los anillos siderales esperando el momento propicio en que las Dueñas del Destino preparen mi regreso.
Quizá la medida preventiva más acertada sea que lo aprendas de memoria y destruyas acto seguido el original, pues es prácticamente imposible que los escritos no acaben por ir a parar al dominio público, o que lo preserves de algún modo seguro para la posteridad. Por ese motivo nunca he escrito yo mismo acerca de estas cuestiones, y este desliz ha de ocultarse. Recuerda: ¡no ha de haber ninguna obra de Platón sobre este tema y jamás la habrá! Así tendrá que figurar para el futuro, en ti confío.
Lo que en este diálogo he escrito ya lo leerás, pero te adelanto que contiene más de lo que pueda parecer a simple vista. No sé si las civilizaciones futuras estarán preparadas para conocer la verdad sobre nuestros orígenes. Hace tiempo que Mnemosina, la diosa de la memoria, veló nuestros recuerdos, y fue el sabio Zeus quien se lo encargó, pues en la mayoría de las ocasiones, el peso del pasado impide vivir plenamente el presente.
A veces los pueblos caen en la barbarie y realizan actos inconfesables, tan terribles que es necesario cubrirlos con el velo del olvido. Como te he enseñado, nos rigen los astros y sus ciclos son nuestros ciclos. Las eras se suceden, y lo que ocurrió en el pasado regresará inexorable en el futuro. Volverán el Fuego y el Agua. Está escrito. Por todo esto acudo a ti, mi fiel Krantor, mi querido discípulo, para que hagas de guardián del tesoro que te entrego.
Adiós y hazme caso: tan pronto como hayas leído y releído esta carta, quémala.
Buena suerte.
El anciano soltó la pluma y se recostó sobre el respaldo de la silla con gran esfuerzo. La Aurora de dedos rosados invadió la estancia y la figura mecánica de bronce, situada en la estantería cercana, impelida por un juego de movimientos hidráulicos, hizo sonar su vibrante trompeta despertando a los alumnos de la Academia. Comenzaba un nuevo día. 


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