LA BIBLIOTECA DE LAS MARAVILLAS




Publicado en Marzo de 2012 


Reseña: La Biblioteca de las Maravillas, el título de este libro y la idea que trasmite, es un homenaje a Mario Roso de Luna, «teósofo y ateneista», que allá por los años veinte y treinta del siglo pasado compiló toda su obra bajo este evocador lema. Sus libros, De Sevilla al Yucatán o el Tesoro de los Lagos de Somiedo entre otros muchos, pero especialmente Del Árbol de las Hespérides y Por el Reino Encantado de Maya, son un cúmulo inacabable de historia, magia, poesía y erudición, llevando al lector por mundos, nunca mejor dicho: Maravillosos.
Nosotros mismos, influenciados e inspirados por su visión del mundo, heterodoxa y mágica, nos hemos dedicado a plasmar en cuentos y relatos los personajes y las historias que constantemente merodean por nuestra cabeza, fruto de inacabables investigaciones y lecturas; cuentos y relatos que florecieron cuando, hace ya más de diez años, ocurrió lo que le sucede a todo padre: que su hijo quiere que le cuentes un cuento antes de dormir.
Ante la obligación paterna y la vocación literaria de los que esto escriben, el contar un cuento se convirtió en una oportunidad, no solo para inventar historias o adaptar otras que las leyendas y la tradición han perpetuado hasta hoy, sino, sobre todo, para trasmitir a los herederos del futuro –eso son los hijos–, conceptos filosóficos, enseñanzas herméticas, la magia y el misterio que nosotros hemos descubierto a lo largo de los años.
Al calor pues, de la necesidad y la vocación, nacieron innúmeras historias, muy distintas entre sí, pero todas llenas de magia, misterio, terror y aventuras. En unas viajamos a civilizaciones perdidas, como Egipto, Persia, China o la misma España; en otras recorremos el Sistema Solar en barcos voladores, o conocemos a los Hiperbóreos; descubriremos el mundo de los sueños, de los mitos nórdicos, bibliotecas olvidadas, seres provenientes del espacio, libros prohibidos, soldaditos de plomo con alma, hechiceros cherokee y mucho más. Cada relato es diferente del anterior y del siguiente, pero todos son mágicos, todos tienen alguna enseñanza, porque todos pertenecen –esa ha sido nuestra intención–, a la Biblioteca de las Maravillas.


Fragmento:
EL VIEJO FARO DEL ACANTILADO1
Natalia y Carlos pasaban el verano en un pequeño pueblo costero del norte. Desde que se conocieron jugaban siempre juntos, viviendo intensamente las aventuras propias de los niños. Durante todo el año, ambos esperaban con impaciencia la llegada del periodo estival, para volver a encontrarse de nuevo y vivir nuevas aventuras. 
Atrás se quedaban el colegio y las pesadas clases, sobre todo las insufribles asignaturas de Matemáticas e Historia. Las horas de estudio y los nervios de los exámenes eran un efímero recuerdo. Dejaban también otros amigos y otras aventuras que recuperarían en breve, porque el tiempo que pasaban juntos durante el verano discurría mucho más deprisa de lo habitual.  
Desde la casa de Natalia, situada a las afueras del pueblecito, se podía ver gran parte de la costa. El mar se extendía a derecha e izquierda, bordeando las hermosas playas y los ásperos acantilados. Los dos jóvenes pasaban muchas horas contemplado el vuelo de las gaviotas y lanzando piedras contra la espuma que las olas levantaban al chocar contra las rocas. Aquel lugar era mágico. Allí vivían unos momentos que recordarían después, durante el invierno, y que les haría añorarse y desear la llegada del próximo verano. El mar, los acantilados, la arena de la playa, las estrellas en la noche, todo era maravilloso, pero había algo que les atraía más que ninguna otra cosa. En lo más alto, subiendo por una escarpada ladera, encima de una pequeña colina, vigilaba incansable un viejo faro.  
Dominando todo el paisaje, el faro, guardián y centinela por la noche, durmiente por el día, protegía y guiaba con su haz luminoso el camino de regreso de los marineros y pescadores. Natalia y Carlos siempre habían sentido una atracción especial por él, pero nunca se atrevían a aproximarse. Temerosos de su inmensa presencia y, por qué no, de esa leyenda oscura que envuelve a los viejos faros, siempre habían permanecido alejados de él. Sin embargo, un día, animados por la temeridad inconsciente de los niños, se decidieron a investigar y aventurarse en el inmóvil gigante.
Subieron por la colina con la mirada puesta en la silueta del faro, recortada en el azul claro del cielo. La puerta se encontraba entreabierta. Era muy vieja, con restos de pintura azul y las bisagras oxidadas. Al entrar notaron un olor de madera húmeda, mezclado con ese otro hedor intenso a pescado y frutas que queda, una vez acabado el día, en los mercados de los pueblos. Delante de ellos, una escalera estrecha ascendía en espiral, perdiéndose en giros cada vez más pequeños, hasta que apenas podían distinguirlos. 
Subieron lentamente, con ceremonial respeto. Los escalones crujían bajo el peso de sus cuerpos. Un poco cansados llegaron a su destino y descubrieron ante ellos una sala circular donde se encontrada la gran lente que, por la noche, alimentada por una llama de gas, mostraba el camino de regreso a los marineros. Era el ojo que observaba el oscuro mar. Asombrados, se movieron despacito, investigando cada objeto que veían, hasta que, de pronto, Carlos indicó a Natalia con un movimiento de manos que guardara silencio. Seguidamente señaló un rincón, donde descansando en una mecedora, dormía un anciano.
1. I primer premio, XVI certamen de cuentos infantiles «Hornillos de Cerrato-Palencia». Asociación Cultural Viejo Castillo.


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