LOS PERGAMINOS DEL ESCRIBA




Publicado en Marzo de 2012 


Reseña: Egipto, aegyptus para los griegos, significa el «oculto», el «escondido», porque ya para los sabios griegos el país de las pirámides era un enigma, y su sola mención, a lo largo de los milenios, evoca momias que se yerguen en los sarcófagos, papiros mágicos con fórmulas secretas, dioses extraños, sacerdotes poseedores de un saber perdido, iniciaciones terribles, y mil elementos que destilan el perfume del más absoluto Misterio.
Para nosotros, que amamos el País del Nilo y la sabiduría de Hermes desperdigada por sus tumbas y templos, es casi una obligación soñar con su magia y elucubrar historias, recrear posibilidades, relatar hechos sucedidos al amparo de las pirámides o de la siempre enigmática esfinge.
Ofrecemos aquí el resultado de esos sueños, de esas visiones: la recopilación de historias llenas de magia relacionadas con el País de Kem, y deseamos que gracias a ellas el lector pueda viajar a ese lugar del mundo donde, como hemos dicho al principio, aún hoy es la patria del Misterio.


Fragmento:
Un hombre caminaba muy despacio por las salas prohibidas del templo. Su respiración jadeante se escuchaba más que las sandalias de cáñamo que arrastraba por el suelo. Miraba en todas direcciones, delante, detrás, a los lados, sintiéndose observado, creyendo que alguien o algo le seguía. Pero en los tenebrosos pasillos del templo solo había visto gatos.
Daba vueltas y más vueltas, perdido en la inmensidad pétrea, intentando encontrar el origen de los cánticos que oyera desde la puerta Este del santuario. La cadencia de las voces le llamó tanto la atención, que decidió buscar su origen. 
Por fin, al girar una esquina y cruzar entre un grupo de columnas, un poco de luz y una neblina que parecía querer envolverle, le señalaron el lugar prohibido.
Un terror sobrenatural se apoderó de su corazón al acercarse a una sala oculta en las entrañas del santuario. Allí se encontraban dos sacerdotes realizando una misteriosa ceremonia. Delante de ellos se erguía la enorme estatua de granito del dios de los alfareros, el dios Khnum, con sus cuernos retorcidos.
Los sacerdotes continuaban con sus ritos mágicos sin darse cuenta de que eran observados. Uno de ellos leía un pergamino en una lengua desconocida, y el otro colocaba ante el altar del dios un plato de cerámica del que surgían volutas de humo que se elevaban retorciéndose como serpientes.
Los salmos resonaban en el pequeño santuario de la naos, envolviendo al osado visitante con un manto de pesadez, tan espeso que amenazaba con hacerle perder la conciencia.
Por un momento se olvidó de todo, del miedo, de los oscuros pasillos, de los gatos, de las habladurías referentes a terribles maldiciones que podían precipitarse sobre aquellos que osasen entrar en los templos sin permiso.
Después de minutos interminables que le parecieron horas, sus más aterradoras pesadillas se cumplieron cuando, de improviso, entre la neblina, vio como la silueta de granito del dios comenzaba a moverse. Le pareció escuchar una risa inquietante, mientras levantaba su brazo de piedra y le señalaba con el dedo.
El eco de la risa y los ojos del dios le persiguieron, mientras intentaba escapar del templo.