PASAJES DEL LIBRO DEL DESTINO




Publicado en Marzo de 2012 


Reseña:  Hace ya muchos años, décadas, los autores de esta antología de cuentos, reunieron en un libro escrito a máquina y maquetado con los pobres medios de entonces, todo lo que hasta ese momento habían escrito. Eran numerosos cuentos y escenas que su ya fértil imaginación habían creado. Mientras hacían la mili, en las largas y tediosas tardes, cuando otros compañeros pasaban las horas en la cantina, ellos preparaban ese primer libro que algún día verá, si los dioses quieren, la luz.
    De entre sus relatos hemos escogido los más representativos, y hemos añadido otros muchos escritos durante este largo peregrinar literario. De esa forma, la recopilación que aquí presentamos, de variada temática, es quizá la más representativa de los intereses, sueños y anhelos de los autores.


Fragmento:
   Recuerdo aquel día como si fuera ayer. 
Llovía con fuerza. La gotas frías se derramaban igual que lagrimas por las paredes del castillo que, impávido e inamovible, parecía observar la tormentosa noche que cubría el cielo y ocultaba las estrellas. 
Aún siento el viento azotando mi piel y escucho los aullidos que producía resonando en mis oídos, sobrecogedores, mientras se filtraban por las grietas y las almenas. Quizá eran voces de espectros, o quizá los demonios que habitaban y habitan en mi mente. Los que nunca descansan, los que nunca duermen.
Recuerdo los sueños… y las pesadillas.
Aquella noche el mundo entero se estremecía fustigado por cientos de relámpagos que cruzaban el firmamento como espadas en una batalla. Sus destellos devoraban las sombras. Mientras, la inquietud se adueñaba de mi alma, que no era sino un reflejo de la furia de la encolerizada naturaleza. 
No podía dormir, aunque mis pensamientos vagaban como fantasmas errantes, siempre torturándome, pues ellos son los hilos que trazan el destino de los hombres. Tras un trueno que hizo temblar las murallas, el viento cesó de pronto, pero el repentino silencio embargó mi corazón con un triste pesar. De nuevo mi descanso terminaba, aunque jamás llegaba a comenzar de verdad, ni entonces, ni ahora, ni lo hará nunca. 
Puedo asegurar que desconozco cuándo empezó todo, tal vez lo haya olvidado, lo cierto es que no tengo conciencia de otro tiempo en el que hubiera podido disfrutar de paz, de hermosos sueños, de la cálida sensación de los rayos del sol en mi piel, o de los susurros de alguna mujer, de los que solo había sentido un pequeño atisbo, incapaz de satisfacer mis deseos, en mi imaginación. 
Creo que no hubo un principio, que mi existencia siempre ha sido así, aunque no puedo entender un pasado eterno y no puedo concebir un instante donde no hubiera nada. Por eso solo observo el futuro infinito, y lo hago con tristeza.
Recuerdo que grité. Lo hice como si hubiera enloquecido.
Clamé al viento, maldije a los rayos y a la tormenta. Rogué porque espíritus sin nombre calmaran mi tormento y se apiadaran de mi alma. Pero no tuve respuesta. 
Nunca la tenía. 
Recorrí los oscuros pasillos, cuyas paredes estaban adornadas por tapices de lamentos olvidados, iluminados por tenues candelabros de suspiros perdidos. Como cada noche, anduve casi flotando, atravesando salas repletas de sombras que me suplicaban piedad, que me adulaban con agasajos sin fin, pero no podía atender sus demandas, aunque quisiera, aunque hubiera estado a mi alcance hacerlo. 
Las puertas, de madera recia, antiguas como la noche, se abrían y cerraban a mi paso, permitiendo mi presencia en salas y habitaciones cuyas paredes se estremecían mientras las atravesaba. 
Y de nuevo llegué al lugar donde me esperaba el Libro, el Libro del Destino.
Situado sobre un tabernáculo de alabastro, en el centro de un inmenso recinto cuyo techo era una cúpula en la que se reflejaba un firmamento que existió y desapareció antes de que naciese este Universo. 
El Libro se elevó en el aire, situándose ante mí. Se abrió y mostró las paginas en blanco, esperando. 
Yo soy su esclavo, quién le sirve y hace realidad sus deseos. Soy el que le alimenta, el que le mece, el que le cuida. Soy el que plasma sus sueños. Así, mis labios se abrieron y de ellos surgieron las palabras como fuego, y en las páginas de ese cruel libro, quedó grabado el destino de los hombres.
Al fin caí de rodillas sobre el suelo de mármol oscuro; sin fuerzas, apenas sin vida. Con el corazón roto y el alma desgarrada. Entonces tomé una decisión. La revelación llegó a mi mente como la explosión de una vieja estrella al morir. Tenía que huir de allí, escapar de las paredes del castillo y romper las cadenas de la maldición que me aprisionaba. 
Y lo hice.
Me cobije en las sombras de la noche, ocultándome de los espectros, siervos del Libro del Destino, que me perseguían buscándome como hambrientos depredadores. Durante años logré ocultarme arrastrándome entre el barro. Después me uní con humildes humanos en las grandes ciudades donde intentaba pasar desapercibido como un hombre más. A veces como un rico mercader, otras como un pordiosero. En algunas ocasiones fui un granjero, también me convertí en místico, en guerrero, en poeta. Al fin conseguí ser amante y ser amado. 
Pero en mi interior sabía que era todo pasajero, que solo sería un efímero instante, del que podría dar gracias si lograba recordar y no recibía el castigo del olvido.
Así llegó el día, un día de luz que, en un instante fugaz, se volvió oscuro. Los espectros me localizaron y, aullando de alegría, me devolvieron al castillo. El lugar del que nunca debí salir. 
Pero no me podían quitar lo que había vivido. 
Había huido y no se puede abandonar el Deber sin recibir el correspondiente castigo. Lo acepté en silencio, solo pedí que me dejaran recordar, aunque solo fueran algunos instantes, que no todo se perdiera en el olvido. 
Pero no iba a tener esa dicha, el Destino no entiende de piedad, ni tiene compasión.
Ahora las lagrimas fluyen como sangre de mi herida abierta, pues mi memoria se nubla cada vez más tras velos opacos, y sé que dentro de poco habré olvidado.
Ya ni siquiera puedo odiar. 
Ya no recuerdo haber amado. 
Solo quedan las frías paredes, los pasillos de sombras, las habitaciones llenas de lamentos y la gran sala con la inmensa bóveda en la que se ven las estrellas de un Universo que desapareció como un suspiro. 
Y allí espera el Libro del Destino. Mi dueño y mi maldición.
Como siempre.
Flota en el aire agitando sus páginas, mecidas por un extraño viento. Me observa y aguarda cada vez más impaciente, más arrogante, sabiendo que soy su esclavo.
Y de nuevo, con sangre en los labios y fuego en el alma vuelvo a exclamar, como lo hacía todas aquellas noches, en aquel tiempo de oscuridad:

¡Despierta, oculto saber del infierno!
¡Levantaos, amarillentos pergaminos, del polvo de las edades!
¡Mostrad las páginas del libro del Destino a quienes deseen ver!
¡Llenad de Magia este mundo!


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